Relatos de sexo con ancianas


Un encuentro sexual con una señora puede ser mucho más excitante que con una niña sosa.

Ambas agradecieron mi presencia. La situación obviamente era tensa.

Hablamos un poco sobre mi carrera, sobre cómo me había ido el año, y tras las despedidas y deseos de mejora correspondientes a mi madre, la acompañé hasta la puerta. Allí me miró con suspicacia, lo dudó por un instante, y se arrancó a soltar la idea que se le había pasado por la cabeza. Ella desplegó entonces una sonrisa radiante que me extrañó, y si he de ser sincero, también me asustó un poco. Así que aquella misma tarde llamé a la jefa de mi madre y le dije que aceptaba, para su alegría. El domingo hice la maleta para una semana, y el lunes a primera hora estaba en frente de la casa de estilo rural en la que pasaría la mayor parte de aquel Julio.

Lo cierto es que aunque hubiera tenido una chica que llevarme, no lo habría hecho. El pueblo era absolutamente deprimente. Había esperado encontrarme una anciana decrépita que a duras penas se mantendría en pie, pero nada de eso. A sus 70 años, Pilar era una mujer enérgica que disfrutaba de los buenos y merecidos primeros años de jubilación. Una melena blanca con retazos del negro de antaño le caía hasta la mitad de la espalda, unas caderas generosas se advertían por debajo del vestido, al igual que unos pechos nada desdeñables que se mantenían lo suficientemente firmes como para resultar atractivos a ojos de un hombre.

Una sonrisa bondadosa se le dibujaba permanentemente en la boca de labios finos, y era siempre acompañada por unos bonitos ojos verdes que refulgían de vida. Y con ironía añadió. En realidad no necesito a nadie que me cuide, es mi hija, que se empeña en que no esté sola. Llevo toda mi vida esperando a que se muera mi marido para poder estar tranquila y ahora esta me viene con esas.

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Pilar era divorciada desde los cuarenta. Aquellas bromas de humor negro que me dejaban descolocado le hacían mucha gracia, y eran una constante en nuestro día a día. Me encantaron desde el principio. Las primeras dos semanas pasaron sin novedad.

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Después de las cuatro, cuando ya estaba todo hecho, tocaba aburrirse como una ostra hasta la hora de dormir. Pilar era una mujer callada, y disfrutaba del silencio y de la soledad. También muy de vez en cuando venían algunos familiares a visitarla, y siempre me dirigían miradas de desconfianza al saber qué era lo que hacía yo allí. Seguro que creen que quieres casarte conmigo y robarles parte de la herencia. No les pienso dejar nada. Pilar había llegado cansada de la caminata y se había metido a la ducha. Yo estaba ya preparando la comida cuando oí el estruendo que venía desde el baño. Corrí hacia allí, y golpeé la madera con los nudillos.

Desde dentro me llegaron los quejidos de dolor. Demasiado tarde.


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Estaba tendida en la bañera con los ojos cerrados. Los pechos desnudos de pequeños pezones rosados le caían a ambos lados ligeramente arrugados. Una erección se despertó dentro de mis pantalones mientras la ayudaba a secarse y la metía en la cama y la ayudé a vestirse. Sé que no es lo mismo, pero piense que es como si la hubiera visto desnuda el médico. Regresé al baño a recoger la ropa sucia, y allí mismo, con la puerta abierta, cogí sus bragas usadas y me las llevé hasta la cara.

Olían a mujer. Rocé con la punta de la lengua la parte contra la que había estado su vagina, y nuevamente el pene se me puso duro como una roca.

Sin preocuparme de lo que pudiera pasar, allí mismo me bajé los pantalones y me masturbé. Estaba tan excitado que todo acabó a los pocos segundos. Avergonzado de mí mismo llevé la ropa hasta el cesto y la dejé allí. Todo excepto las bragas. Las llevé hasta mi habitación y las metí en mi maleta. Yo la tenía que ayudar a ir al baño, y la sostenía mientras se bajaba la ropa interior. Apartaba la vista por cortesía, notaba la inmensa vergüenza que le daba necesitar ayuda para algo así, pero no podía evitar una nueva erección cada vez que lo hacía. Fue entonces cuando cometí el descuido, el bendito descuido.

Había pensado devolverlas a su sitio antes de irme y hacer la colada, como cada viernes, pero sencillamente lo olvidé y se vinieron a casa conmigo. Pocas veces he pasado tanto miedo en mi vida. Durante todo el fin de semana me aterró la idea de que pudiera reparar en su ausencia y lo comentara con su hija, y esta, a su vez, con mi familia.

Al volver el lunes noté con alivio como Marta y Pedro ya no estaban allí, y una Pilar radiante salía a recibirme con paso firme a la puerta. Aquel día no fuimos a caminar, ella no se sentía con fuerzas suficientes como para andar durante largo rato, así que aproveché la mañana para camuflar las bragas robadas con las pocas prendas que había en el cesto. Pedro, el marido de su hija, era médico, aunque no ejercía como tal. Me levanté al baño a hacer pis y, torpe de mí, me tropecé con la silla de la habitación.

Sabía por qué lo había hecho.

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De esa forma, me libraba a mí de toda responsabilidad que pudieran haberme echado encima. Fue un gesto que me enterneció, y de repente sentí unas ganas tremendas de correr a besarla. Las bragas que llevaba el día que me caí. Ella lo notó. Las estuve buscando todo el fin de semana, pero no las encontré. Parece como si llevara tangas de esas modernas. El resto del día trascurrió con normalidad, y el siguiente igual, sin paseos, sin largas charlas y sin humor picante, pero al llegar la noche también llegó la sorpresa.

Pilar llamó a mi habitación sobre las ocho de la noche. Solo cenaba un yogurt y una o dos galletas integrales, por lo que al no tener que cocinarle me solía encerrar en mi cuarto a leer o a mirar la tele. Entró enfundada en una bata rosa que casi le cubría hasta los pies. Me miró simulando estar avergonzada, pero yo conocía ya muy bien su cara de rubor y no era aquella.

No conozco a nadie a quien siempre le haya puesto cachondo el mismo tipo de mujer. Y no, que mis gustos en cuanto a mujeres cambien no quiere decir que mi gusto POR las mujeres cambie. Si hay hombres de por medio en mis relaciones sexuales, tienen que tener un papel pasivo y no interactuar conmigo; como hace unos meses, cuando armé una pequeña fiesta con una octogenaria —muy bien conservada— y un amigo suyo, pero él se limitó a mirar y tocarse.

Debuté en el campo senior durante una semana de vacaciones en Ibiza En mi defensa diré que la relación no atravesaba por el mejor momento y a la vuelta a Madrid terminamos. La gente enloquecería con lo activas que son muchas de ellas.

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La cuestión es que en la terraza de una discoteca se me acercó un mujerón, que rondaría los setenta, pero con una onda impresionante. Estuve hablando un rato con ella y conseguí robarle un beso. Al fin y al cabo, a mí solo me gustan las mujeres, que ahora me haya dado porque sean realmente mayores no creo que sea verdaderamente raro.

Hacen bastantes chistes sobre el tema. A partir de los cuarenta años todas las mujeres mienten sobre su edad cuando van a ligar. Reconozco que no se lo cuento a todo el mundo para evitarme los prejuicios, pero al mismo tiempo te mentiría si te dijera que no me siento orgulloso.

Obviamente, la masturbación también va asociada a mis inclinaciones actuales. Una guía para coger con hombres mayores. Casi siempre hago videoconferencia con señoras con las que me he acostado antes. Y hablando de esto, del límite de edad y los límites en general, es algo que siempre despierta curiosidad, lo entiendo.

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La cuestión de la edad es complicada. Ten en cuenta que a partir de los cuarenta años todas las mujeres mienten sobre su edad cuando van a ligar. No me fío de la edad que me dicen, sólo de que esté bien conservada —para mi gusto— y me atraiga como para acostarme con ella. Para encontrarlas no me queda otra que ir a sitios frecuentados por señoras mayores. No hay muchos lugares donde encontrar señoras mayores receptivas a ligar con chicos jóvenes a la vista de cualquiera. Las carnes tersas tienen su encanto pero no tienen nada que envidiar a las arrugas de la experiencia. Trabajo en la noche, en varias discotecas y rara vez encuentro señoras solas.

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